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Velocidad vital de envejecimiento
Alfredo Alfageme Chao
Departamento de Ciencias Sociales y de la Educación. Universidad de Alicante
Correspondencia:
Alfageme Chao, Alfredo
c/ Maestro Falla, 19 (9º puerta 32)
12005 Castellón
Introducción
A falta de una definición estricta, es necesario hablar de "dimensiones" del envejecimiento1. Distintas teorías sólo dan razón de procesos más o menos asociados al paso del tiempo. El énfasis sobre el "envejecimiento normal" se centra en un inventario de lo que la mayoría de los ancianos hacen o no hacen, y en estados fisiológicos y patológicos típicos2. Ninguna teoría recoge satisfactoriamente el carácter universal e irreversible del proceso. Es corriente advertir que detrás de los correlatos psicológicos y sociales del envejecimiento se encuentra un proceso biológico más básico o determinante. Pero el envejecimiento, a pesar de los avances científicos obtenidos durante las últimas décadas, escapa también a razones biológicas3. Se ha dicho, por ejemplo, que el envejecimiento está genéticamente determinado sólo en el sentido de que la constitución genética determina su curso. Dado que abarca respuestas bioquímicas típicas a determinados estados celulares, puede superficialmente parecer que el envejecimiento está programado4. Lo cierto es que el envejecimiento tiene lugar al margen de cualquier proceso observable. Las investigaciones sociológicas y las políticas de vejez emplean habitualmente la edad como criterio operativo básico. Es una decisión política, no científica5.
No se trata aquí de negar el envejecimiento ni de descubrir su naturaleza última. A partir de algunos principios básicos sobre relatividad y dinámica del movimiento extensibles a cualquier proceso de cambio, sostendremos que la desigualdad interindividual en cuanto a cambios de cualquier tipo que experimentan los seres vivos no puede ser atribuida a proceso inevitable alguno de envejecimiento. El principio teórico más destacable que vamos a defender es que el envejecimiento esencial, libre de toda clase de interferencias, ocurre a una velocidad constante. Una variante que, a su vez, puede ser relevante para una concepción no relativista de las necesidades vitales básicas, debate éste nunca cerrado6.Buscamos una base teórica que permita reducir la esencia del envejecimiento a alguna mínima expresión, de forma que múltiples desigualdades entre individuos puedan ser atribuidas con fundamento a otras razones ajenas a la inevitabilidad del proceso7.
Tiempo y velocidad de cambio
Con el fin de clarificar objetivos, podemos resumir la generalidad de la literatura sobre el proceso individual de envejecimiento en un par de amplias ideas básicas. En primer lugar, una ambigua idea de que el paso de "el tiempo" produce efectos sobre los seres vivos. Es ambigua porque incorpora un hipotético tiempo absoluto cuya definición y efectos concretos no se pueden determinar. En segundo lugar y apoyadas en mediciones de tiempo y de estados de los individuos, multitud de investigaciones biológicas, sociológicas y psicológicas constatan que el envejecimiento, como conjunto observable de cambios, depende de una extraordinaria variedad de factores. Esta segunda afirmación, que es fruto de la observación, atempera a la primera, que no lo es tanto. Sin embargo, resulta imposible abandonar sin más la primera idea, puesto que todos los seres vivos envejecen y/o mueren con independencia de cualesquiera otros factores.
La existencia de un tiempo y un espacio universales y absolutos no son más que hipótesis en las cuales se basó la mecánica newtoniana. El pensamiento de Albert Einstein y las observaciones y experimentos de la Ciencia Física mostraron un camino para concluir que tales hipótesis eran insostenibles. Al margen de eventuales nociones metafísicas del tiempo, nuestro entendimiento o medida del mismo sólo puede basarse en observaciones realizadas mediante dispositivos reales o “relojes”, concepto que en la Teoría Física de la Relatividad es muy amplio8. Ningún dispositivo es superior a los demás lo que, llevado a sus últimas consecuencias, significa que cualquier sistema que cambie -que presente estados sucesivos- hace las funciones de un reloj. Esto incluye cualquier cambio que se suponga asociado al proceso de envejecimiento. Cualquier sistema genera su propia escala de tiempo intrínseco y cualquier proceso dinámico (físico, biológico, psicológico o social) puede servir como reloj9.
El propio Einstein* nos ayudó a comprender que todos los juicios nuestros en los que interviene el tiempo son siempre juicios sobre sucesos simultáneos. Así, si digo que “el tren llegará aquí a las siete de la tarde”, quiero decir algo así como que “el apuntar la manecilla pequeña de mi reloj a las siete y la llegada del tren son sucesos simultáneos”. Veamos un ejemplo cercano al tema que nos ocupa. Si digo que un individuo alcanzó determinado grado de discapacidad a la edad de sesenta años, quiero decir que el alcance de tal grado de discapacidad y el haber dado la Tierra sesenta vueltas alrededor del Sol desde que aquel individuo nació son sucesos simultáneos. Es tremendamente obvio, y es lo que interesa destacar, que se trata de dos relojes diferentes e independientes el uno del otro (el individuo y el sistema solar). Del estado de uno cualquiera de ellos no se deduce el estado del otro. Para deducir de un reloj o sistema cambiante (A) estados simultáneos de otro sistema (B), necesitamos medidas del cambio de B por unidades de tiempo medido con A. Es decir, necesitamos conocer las velocidades de cambio de B utilizando A como sistema de referencia temporal.
Llegamos así al más elemental principio de relatividad, de acuerdo con el cual “espacio”, “velocidad” y “tiempo” son, los tres, variables. El elemento “espacio” no ha de ser reflejo exclusivo de una distancia física sino de un cambio o desigualdad lograda de cualquier tipo. De igual modo, podemos ampliar la idea de “velocidad” (de movimiento físico) a cualquier velocidad de cambio.
Logros y recursos como espacios y velocidades
En dinámica del movimiento, la velocidad de un sistema y sus alteraciones son una cuestión de suministros de energía y de masas. Para una más amplia dinámica del cambio, podemos hablar de movilizaciones de recursos (de cualquier tipo) como factores capaces de mantener y alterar las velocidades de cambio del sistema a analizar. Un sistema no logra nuevos estados por razón del tiempo de otro sistema sino por efecto de unos recursos movilizados durante un tiempo. Una formulación general, tomada de la dinámica del movimiento y válida para cualquier sistema cambiante, podría ser la siguiente:
Logros Alcanzados = Recursos Movilizados x Tiempos
("espacios") ("velocidades")
Carecen aisladamente de significado conceptos como "logros" o "recursos" (en el más amplio sentido de estos términos). Es necesario un tercer elemento, el tiempo, a través del cual los tres adquieren significados concretos en todo caso**. No hacemos distinción en cuanto a niveles de conciencia e intencionalidad. Simplemente, afirmamos que cualquier movilización de recursos durante un tiempo es efectiva con respecto a un logro, con independencia de otras consideraciones. En otras palabras, un logro representa la desigualdad entre dos estados sucesivos de un sistema a algún respecto, y puede ser entendido como una velocidad de cambio (una movilización de recursos) durante un tiempo. Que el cambio sea de posición (dinámica del movimiento) o de otra cosa aparentemente más compleja no es razón para rechazar unos principios que tienen su propio peso específico.
Comparar dos sistemas en estos términos implica asumir que la desigualdad entre ellos puede entenderse, al igual que entre estados sucesivos de un mismo sistema, como un logro. Esto incluye la posibilidad teórica de procesos que conduzcan de estados de unos a estados de otros sistemas, en cualquiera de las dos direcciones posibles, así como la posibilidad de que un mismo sistema pueda regresar a cualquier estado que experimenté con anterioridad. Estas posibilidades aparentan una total incompatibilidad con la ocurrencia de procesos irreversibles de cambio. Éste es el caso del proceso individual de envejecimiento de los seres vivos. Y no es, por cierto, el único caso. La segunda ley de la termodinámica, así como la posibilidad humana de recordar el pasado pero no el futuro, presentan el mismo carácter. Se han recogido esta serie de fenómenos que dan “una dirección al tiempo” bajo el concepto de “flecha del tiempo”12.
De una elemental relatividad a un problematico relativismo
Abordamos únicamente el problema del envejecimiento. Si todo es una cuestión de recursos por tiempos sin límites generales o entidades absolutas de ninguna clase (principio de relatividad muy elemental), el cambio puede ser revertido y/o acelerado hasta velocidades infinitas. Así, cualquiera que sea la idea que se tenga sobre el proceso de envejecimiento, éste podría ser acelerado, positiva o negativamente, sin limitación alguna. La experiencia muestra que no es así. El envejecimiento sólo puede ser alterado dentro de unos límites imprecisos que ninguna Ciencia ha sido capaz de establecer con exactitud.
La Física enfrenta un problema parecido en cuanto a la velocidad de movimiento que puede darse a un objeto13. Según la mecánica de Newton, no existe límite superior a la velocidad, por ejemplo, de un objeto que cae con una aceleración constante por razón de la fuerza de la gravedad. Pero la predicción newtoniana, que se adapta bastante bien a velocidades pequeñas, falla cuando éstas son muy elevadas. Así, por ejemplo, se ha demostrado experimentalmente*** que la velocidad (con respecto al sistema de referencia del laboratorio) alcanzada por cuerpos de masa muy pequeña (electrones) que pueden ser lanzados a grandes velocidades no aumenta proporcionalmente a la energía cinética que se les suministra. Cuando ésta energía alcanza valores suficientemente elevados, la velocidad de los electrones tiende asintóticamente al valor de la velocidad de la luz, que puede ser considerada como una “velocidad límite” (Figura 1). En la teoría einsteiniana de la “Relatividad Especial”, la velocidad de la luz en el vacío es la constante universal que sustituye a los conceptos absolutos de espacio y tiempo. El rechazo de estos últimos es necesario para compatibilizar la ley de propagación de la luz con el principio más elemental o “restringido” de relatividad (la equivalencia de todos los sistemas de referencia) que goza de amplia evidencia empírica para velocidades pequeñas. Lo único que hacía falta era cambiar las leyes clásicas de transformación para las magnitudes espacio-temporales de un suceso al pasar de un cuerpo o sistema de referencia a otro. La nueva ley debía tener en cuenta el tiempo que tarda una señal luminosa (cuya velocidad es, por definición, constante) en llegar desde el lugar del suceso hasta el lugar de cada uno de los observadores que se mueven uno con respecto al otro. Anteriormente, no se consideraba la posibilidad de que, para cada uno de ellos, tales magnitudes espacio-temporales pudieran resultar distintas15,16.
Velocidad vital, constante y mínima de envejecimiento
Apuntamos la hipótesis de que la velocidad de envejecimiento en los seres vivos tenga también un límite. Sería éste el único elemento universal del proceso. La velocidad de envejecimiento no disminuye proporcionalmente al aprovechamiento de recursos adecuados al efecto (con independencia de cuáles sean estos recursos), sino que tiende a un valor límite (Figura 2). Esta "velocidad mínima" sería una constante universal que somete a todos los seres vivos. Expresa una vinculación natural entre la vida y el envejecimiento.
Acudiendo al esquema general "logros = recursos x tiempos", tenemos que, si asumimos la existencia previa de una velocidad vital constante (una entidad del tipo "logro/tiempo"), ésta ha de ser mantenida, siempre que hay vida, por una movilización de recursos adecuados. Lo absoluto no es un listado concreto de tales recursos (los que habitualmente tienden a ser propuestos como "necesidades básicas", que dependen de multitud de factores genéticos, ambientales y culturales). Lo absoluto apunta a la idea de que algún listado es necesario y movilizado siempre para mantener una velocidad que sí es invariante.
Debe quedar claro que la velocidad postulada ("velocidad minima") es la misma para cualquier ser vivo a lo largo de toda su vida e independientemente de su estado. Tal velocidad influye en el estado de los sistemas vivos pero no a la inversa. Esto choca con algunas imágenes convencionales que tienden a dar por supuesto que durante la juventud no se envejece o que en las últimas etapas de la vida se envejece más deprisa. La contradicción es sólo aparente. Lo que proponemos como único envejecimiento universal o propiamente dicho está muy lejos de ser el único factor que determina los estados sucesivos reales u observables de los seres vivos. Es perfectamente admisible su concurrencia, por ejemplo, con procesos biológicos de crecimiento y cambio o con procesos de deterioro físico o psíquico relativamente rápidos (explicables por multitud de procesos de origen genético, físico, social, etc., o interrelaciones diversas entre varios de ellos). La velocidad mínima de envejecimiento es, por definición, inalcanzable. Lo observable es una variada y abierta serie de procesos de cambio, a menudo modélicos, en los que se ven implicados una gran variedad de sistemas que interfieren aquella velocidad.
Conviene señalar que el clásico y fructífero concepto de “rate of living” (lanzado por R. Pearl en 1928) no habla de una velocidad constante e inalcanzable de envejecimiento. El absoluto subyacente allí es de tipo espacial: “... una programada cantidad de energía, entropía u otra propiedad que es consumida como una función vital”; esta “sustancia vital” puede ser reducida con mayor o menor rapidez dependiendo de otros factores17.
Apoyos a la hipótesis de un envejecimiento vital y mínimo
Es pertinente incorporar el fenómeno de la muerte al análisis de procesos reales de envejecimiento y cambio. Los criterios para definirla no son sencillos ni evidentes. La muerte física es objeto contemporáneo de definiciones jurídicas18,19. De la estructura genética de los seres vivos depende el soporte físico-biológico real que cambia y envejece irreversiblemente. Para observar determinados procesos reales de envejecimiento y cambio, incluida la muerte biológica convencional, es requerido un sistema físico de este tipo. Tal soporte no se extingue automáticamente con muerte alguna. Continúa experimentando procesos de cambio que, como antes de la muerte, dependen de diversos factores interrelacionados, entre ellos su estructura genética original. No parece el sistema físico una entidad capaz de explicar la vida y la muerte. Más parece un medio a través del cual se nos pone de manifiesto.
Proponemos una idea de la muerte acorde con la correspondiente idea de vida que sugiere la constante vital de envejecimiento. La muerte es un logro posible en todo momento con tal de que falten recursos adecuados para satisfacer la velocidad vital de envejecimiento. Esta circunstancia de falta de recursos parece tener mucho que ver, sin ser lo mismo, con el estado observable del sistema físico-biológico de los seres vivos. Este no sería más que un sistema intermediador (una interferencia) en el proceso de movilización de recursos vitales. Semejante papel intermediador no difiere en esencia del de otros sistemas que, como los de tipo social, interfieren también el mantenimiento de la vida. Es por eso que cualquier listado convencional de necesidades o recursos básicos debe variar en función tanto del sistema físico o biológico al que se refiere como de los sistemas ecológicos, sociales y culturales en los que aquél se desenvuelve. La hipótesis de la existencia de una constante vital o velocidad invariante de envejecimiento es el factor que aquí impide desembocar en una concepción totalmente relativista de las necesidades.
Nuestra hipotética constante logro/tiempo podría ser la única razón por la que se producen cambios inevitables e irreversibles en los seres vivos, y única causa final y segura de muerte. Hablando de seres humanos, tanto los “privilegiados” que llegan a la vejez convencional como los niños hambrientos que nunca lo harán, pasando por todos aquellos que padecen eventos mortales, mueren por la misma razón: por falta de recursos adecuados para el mantenimiento de la velocidad vital de envejecimiento. La diferencia entre unos y otros es que tales recursos, supuestamente traducidos a medios materiales y técnicos por un mismo tiempo de supervivencia, varían ampliamente. oscilarían desde niveles extraordinariamente elevados (pensemos, por ejemplo, en el mantenimiento de un enfermo muy grave bajo vigilancia hospitalaria intensiva), hasta niveles tan ridículamente bajos como una pequeña cantidad de alimentos un vaso de agua potable o algún antibiótico en casos de extrema pobreza.
El envejecimiento no sólo es irreversible. También es universal. ¿Por qué mueren todos los seres vivos? Sólo podemos estar seguros de que algo ha de ocurrir, la muerte en este caso, si algún proceso imparable conduce a ello. Y si tal proceso es imparable es lógico pensar que tiene lugar, por encima de un mínimo, cualquiera que sea el momento. Rechazar la constancia de una velocidad vital y mínima de envejecimiento implicaría, en definitiva, aceptar que es posible detener el envejecimiento y evitar la muerte de los seres vivos. No existe una teórica única acerca de la naturaleza del envejecimiento. Tampoco acerca de la naturaleza de la luz. En ambos casos, sin embargo, parece necesario aceptar la hipótesis de una velocidad constante.
Por otra parte, la idea de una velocidad universal de envejecimiento, válida para todo estado de todo sistema viva, no interesa sólo por lo que cierra sino muy especialmente por lo que abre. Cualquier proceso real de envejecimiento es, en principia, posible para todo individuo. En otras palabras, el mejor envejecimiento observable, cualquiera que sea el sistema de valoración empleada para decidir**** la que es mejor, es pasible para todas. Se trata de una base teórica (abierta, por supuesta, a discusión) que permite atribuir desigualdades entre individuas o grupos a factores enteramente ajenas al envejecimiento propiamente dicho. Casa distinta es que sea extraordinariamente difícil, dependiendo del estado de la técnica, alterar algunas interferencias cama las de tipo genética. Cama también es difícil, qué duda cabe, alterar estructuras de tipo social y cultural tan estrechamente relacionadas can los procesas de cambia en sistemas humanos.
A partir de estas hipótesis, es pasible fundamentar mejor la crítica -tan a menuda apuntada-del emplea de la edad convencional en las definiciones sociales de la vejez humana y del envejecimiento demográfica. ¿Qué significada tendría la edad convencional y qué sentida el envejecimiento demográfica basada en ella? La edad convencional o astronómica (como otras) sólo es útil cama indicador, con carácter probable, de estados aproximados de envejecimiento baja condiciones de vida (individuales y ambientales) determinadas. Dado que algunos tiempos transcurren siempre par razón de la hipotética velocidad vital y mínima de envejecimiento, es seguro que entre dos momentos sucesivos cualesquiera se produce envejecimiento. Pera sólo si las condiciones de vida (interferencias de todo tipo) van siendo las mismas o muy parecidas para determinada grupo de seres vivos, sólo entonces es posible prever que sus estados sucesivos de envejecimiento real sean similares para todas ellos a medida que transcurre un tiempo concreto como el astronómico. La edad servirá de muy poco cuando las condiciones de vida, incluso solamente alguna de ellas, sean muy diferentes.
Paralelamente, el envejecimiento demográfico convencional tiene cierto interés como proceso global, pero está expuesto siempre a dos fuertes y bien fundados frentes críticos. En primer lugar y como todo indicador o proceso basado en valores medios, oculta evidentes desigualdades interindividuales. En segundo lugar y tolerada la desigualdad que oculta en cualquier momento determinado, no se puede suponer que las condiciones medias de vida permanecen constantes a lo largo del periodo de tiempo durante el cual se produce el pretendida envejecimiento demográfico. A medida que el proceso es referido a períodos de tiempo cada vez más largos, su significado tiende a desvanecerse. Es probable que las condiciones medias (sanitarias y laborales, por ejemplo) hayan evolucionado en algún sentido. También es posible que un evento concreto (por ejemplo, un avance importante en cuanto a tecnología médica) altere bruscamente las condiciones globales. Cualquiera de estos cambios modificaría el significado objetivo de los indicadores de envejecimiento demográfico hasta entonces utilizados (porcentajes, generalmente, de población que sobrepasa una edad cronológica determinada)*****.
Se deduce, finalmente, que toda proceso real de envejecimiento humano -considerada éste como un proceso global de pérdida de capacidades- tiene un componente variable de empobrecimiento, en un sentido amplio de este última término. El envejecimiento real se produce siempre a velocidades superiores al mínimo vital postulado, que es la única inevitable. Obviamente, cuanto mayor es la velocidad real de envejecimiento mayor es también el componente de empobrecimiento que incluye. Todo lo que es factor de envejecimiento real lo es también de empobrecimiento en algún sentido. La única diferencia esencial entre ambos procesos -dos expresiones que, en realidad, corresponden muchas veces a un misma conjunto de logros- viene dada por aquel carácter universal, invariante y mínima del envejecimiento. Desigualdades interindividuales en cuanto a cambias de cualquier tipo no pueden ser atribuidas al envejecimiento, pues éste es igual para todos.
Bibliografía
1. Sánchez Vera P. Dimensiones del envejecimiento. Cuadernos de Realidades Sociales, nº49150. Instituto de Sociología Aplicada de Madrid 1997.
2. Giurgea CE. Envejecimiento cerebral. Barcelona; Masson, 1995; 40.
3. Garesse R, Marco R. El envejecimiento, un fenómeno biológico intrigante. Madrid, CSIC: Fronteras de la Ciencia y la Tecnología 1996;13.
4. Jazwinski, SM. Longevity, Genes, and Aging. Scíence, 1996;273:54-9.
5. Paillat P. Invariable y perturbador, el envejecimiento demográfico lanza un desafío a los poderes públicos. REIS 1996;70:25-37.
6. Doyal L, Gough I. Teoría de las necesidades humanas. Barcelona, Icaria 1994: 33 y ss.
7. Alfageme A. De la pobreza de los viejos, a la vejez de los pobres (tesis doctoral). Universidad de Alicante (Depto. de CC. Sociales y de la Educación), 1997.
8. French AP. Relatividad especial. Barcelona, Reverté 1991.
9. Schroots JJF, Birren JE. Concepts of Time and Aging in Science, en Birren JE, Schaie KW. Handbook of the Psychology of Aging. Academic Press, 1990;57.
10. French AP. Op. cit.: 79.
11. Doyal L, Gough I. Op cit.: 63 y ss.
12. Hawking SW. Historia del tiempo. Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1995: 197 y ss.
13. French AP. Op. cit.: 6 y ss.
14. French AP. Op. cit.: 6 y ss.
15. Einstein A. Sobre la teoría de la relatividad especial y general. Madrid, Alianza 1994: 1ª parte.
16. French AP. Op. cit.: cap. 1 a 3.
17. Schroots JJF, Birren JE. Op. cit.: 55 y ss.
18. Mishara BL, Riedel RO. El proceso de envejecimiento. Morata, Madrid, 1986:190-194.
19. Moragas R. Gerontología social. Envejecimiento y calidad de vida. Herder, Barcelona, 1991:258-9.
20. Doyal L, Gough I. Op. cit.: 205-6.
*El trabajo es parte de la tesis doctoral del autor, realizada en la Universidad de Alicante (Depto. de CC. Sociales y de la Educación). Manuscrito aceptado el 3 de febrero de 1998
*Cita tomada por French de una conferencia dada por Einstein en 1921 y reimpresa en su libro “Ideas and opinions” 10.
**La diferencia entre objetivos (logros) y estrategias (recursos) ha sido planteada como un problema de “gramática de las necesidades”11. Los que en algunas circunstancias se definen como objetivos en otras se definen como estrategias. Las descripciones de las necesidades son de carácter jerárquico. El problema desaparece con la introducción decidida del factor tiempo.
***Se trata -según cita French- de la película “The Ultimate Speed” (“La velocidad límite”), por W Bertozzi, Education Development Center, Newton, Mass., 1962, cuya descripción completa está publicada en Am J Phys 1964;32:551-5 14.
****Un enfoque de este tipo se corresponde claramente con el concepto empírico de “patrón óptimo de satisfacción de necesidades básicas”20 ligado a los mejores rendimientos reales logrados por las sociedades que poseen los niveles más altos de “salud física” y “autonomía crítica” (Suecia, Japón...).
*****Viene al caso, por lo que tiene que ver con la realidad europea actual, que una situación socioeconómica prolongada de desempleo estructural, susceptible de una cierta regulación y/o manipulación mediante políticas de jubilación, influye probablemente en la valoración dominante de los hechos. Tal situación, por ejemplo, no es favorable al reconocimiento de una mayoritaria tendencia a un envejecimiento real más retardado. Los indicadores convencionales de envejecimiento demográfico deberían ser, a falta de otros, modificados a la baja (en realidad, por supuesto, lo correcto no puede ser más que abordar la difícil tarea de sustituir esos indicadores por otros). Esto, claro está, implicaría reconocer que el envejecimiento demográfico no es factor decisivo, o al menos no tanto como se pretende frecuentemente, para explicar problemas de crisis económica y déficit público. Habría entonces más razones para cuestionar las bases de un sistema económico que se muestra incapaz, por ejemplo, de armonizar el progreso tecnológico con el mantenimiento de niveles satisfactorios de empleo.
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