EDITORIAL |
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L'especialització
i els estruços La especialización y los avestruces Por enésima vez, la convocatoria MIR ha seleccionado a 4.000 futuros especialistas de entre casi 20.000 licenciados en medicina. Nada menos que unos 15.000 médicos se quedan sin posibilidad alguna de especializarse para obtener un título que les permita ejercer y vivir de la profesión que eligieron en su día. El sistema es totalmente injusto. Quienes han dedicado seis años de su vida para poder ser médicos no son fácilmente "reconvertibles ", empleando la terminología al uso. Deben seguir examinándose para conseguir entrar en el grupo de los elegidos, con lo cual se van acumulando los licenciados auténticamente en paro, sin más opción que la inmersión de por vida en el pozo del "trabajo negro", no reconocido, mal retribuido y, además, ilegal. No es justo que la opción de un examen decida para siempre la desgracia de 15.000 médicos y que estos excluidos no puedan tener una opción digna, aunque sea de categoría inferior, que al menos les permita sentirse médicos sin avergonzarse de no ser MIR. Dentro del propio sistema MIR, la irracionalidad es también evidente. La mayoría de los MIR no puede elegir ni la especialidad ni el Hospital que desea a menos que tenga una calificación excelente. Por otra parte, una prueba teórica muy al estilo de los internistas no permite evaluar a un futuro cirujano de cataratas. Si además, en el transcurso de los cuatro años de Hospital, el MIR no tiene aptitudes quirúrgicas, tampoco puede cambiar de especialidad y hacerse patólogo, por ejemplo. Tampoco hay, pues, reconversión posible dentro del sistema. Ni hay mecanismos de evaluación durante estos cuatro años; en otras palabras, un MIR no puede ser suspendido ni repetir curso, sino que depende de un contrato estrictamente laboral, que sería cancelado sin otra opción. En el campo de la oftalmología, las plazas concedidas son pocas. La escasez de especialistas tiene indudablemente, para los que entran en el sistema, una serie de ventajas: reciben una buena educación, sobre todo quirúrgica y poco teórica dada la inexistencia de evaluación y de board. Pero en cualquier caso, su puntuación y formación les aseguran la existencia, en descarnado contraste con los no MIR. Este numerus clausus, pues no se trata de otra cosa, debiera haberse establecido al comienzo o a mediados de la carrera. Y puede ser todavía más grave lo que suceda a partir de este año. Titulados de países con exceso de especialistas pueden invadir el mercado nacional. Los no MIR españoles verán agravada todavía más su pobre condición, tanto más cuanto que parece poco factible que puedan ir a especializarse al extranjero. Ante esta lamentable situación, nuestras cabezas pensantes, salvo excepciones (el Colegio de Médicos de Barcelona ha denunciado el problema en varias ocasiones), parecen estar bien enterradas en la arena, a la espera de que el futuro se arregle sólo. Puede que la fe en el milagro, la casualidad o la improvisación sea sustituida por la confianza en la madre Europa. Pero, para hallar una solución más racional al problema, nuestros avestruces deberían empezar a asomar la cabeza y entablar un diálogo entre todas y cada una de las partes implicadas, con un único requisito: el sentido común.
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